Lo que Chema Madoz me enseñó

En los últimos dos días he pasado más tiempo en El Prado que en mi casa. Me planteé seriamente dedicarle un largo y concienzudo post al museo, uno en el que le diese las gracias por servirme de refugio en los días de lluvia, por provocarme una sonrisa y felicidad tan perennes y, por qué no, también en el que explicase mi descontento sobre su nueva exposición de los 10 Picasso del Kunstmuseum. Pero lo siento, hoy no va a ser ese día. Hoy quiero hablaros sobre una visita que hice hace un mes, a la Galería Elvira González en Madrid,  y que ha marcado un antes y un después en mi modo de leer el arte.

A pesar de la buena situación en General Castaños y que yo había quedado para ir a verla con unas amigas me perdí. Anduve desesperada por las callejuelas durante una hora hasta que, al fin, acudieron en mi busca. Unos pensarán que ésto no viene a cuento, quienes me conozcan ni les extrañará que me pasase, pero es necesario contarlo para entender como después del punto auge de agobio en el que me encontraba, en el que quería rendirme y volver a casa, llegué a la vieja casona restaurada y convertida en una radiante galería en el que ya, nada más entrar, su antiquísimo y extravagante ascensor te teletransportaba a uno de esos episodios de Velvet. En esos momentos podía haber salido Miguel Ángel Silvestres con sus exquisitas ropas y no me hubiese impresionado en absoluto.

Las lisas y  cándidas paredes sosteniendo las fotografías, en blanco y negro, de Chema Madoz me transmitieron una paz que apaciguó la angustia por la que acababa de pasar. Recuerdo que la primera fotografía en la que me fijé fue una avioneta con los cuatro puntos cardinales, que paradoja ¿verdad?.

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Las obras fotográficas de Chema Madoz me mostraron, por primera vez, un arte puro y reflexivo. Las imágenes estaban dispuestas por todo el establecimiento sin ningún acompañamiento: nada de títulos, textos discursivos ni frases entrecomilladas y en cursiva que quedan tan bonitas a la vez que bohemias. Chema Madoz da la oportunidad de obtener un pensamiento crítico, de un modo que su idea y lo que sintió él a la hora de hacer sus fotografías no coaccionen a la hora de tomar las tuyas propias.

Cada uno somos diferentes, personas influenciables que por más que luchemos no lograremos ser objetivos, porque hasta el más mínimo detalle de nuestra vida influye en la forma de verla. Por eso te aconsejo que ya sean las fotografías de Chema Madoz, como los cuadros de Picasso en el museo de El Prado las mires, por primera vez, sin saber que historia llevan detrás, porque solo de este modo descubrirás lo que te hace sentir de verdad.


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Voy a terminar con algo que me viene a la cabeza, una frase que Antoine de Saint-Exupéry coloca, muy acertado, en su más famosa obra, El Principito. Dice: “no se debe nunca escuchar a las flores. Sólo se las debe contemplar y oler. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no era capaz de alegrarme por ello”. Podría explicarla pero no quiero contradecirme, en vez de eso juguemos y que cada uno interprete.